martes, 1 de diciembre de 2015

LEYENDA FUNDACIONAL DE TLACOTEPEC


Cuenta la leyenda que la tribu «tepehua» llegó del norte peregrinando desde remotos lugares y después de permanecer durante algún tiempo en un lugar llamado «Tepehuanes» del Estado de Durango, llegó a Tixtlancingo en la costa de lo que hoy es el Estado de Guerrero, de donde se dirigieron a la región montañosa que actualmente forma el Municipio de General Heliodoro Castillo, haciendo escalas en lo que hoy es Pueblo Viejo e inmediaciones Jaleaca y Tlacotepec el Viejo (actualmente El Naranjo).

Como en el lugar en el que se encontraban escaseaba el agua, decidieron explorar hacia el norte, comisionando a dos de sus mejores hombres para explorarlo, los cuales salieron y encontraron un pequeño valle rodeado de verdes encinales, el cual designaron con el nombre de «Ixtlahuaca» y descendiendo por un arroyuelo que serpentea hacia el oriente, llegaron a un lugar más espacioso circundado de rocas y montañas; el agua que tan escasa era en el lugar donde se encontraba la tribu, brotaba allí abundante y cristalina de más de media docena de manantiales, que los indios descubrieron maravillados designándolos a medida que los iban encontrando, con los nombres de «Cupengo», «Popotzonitziatl», «Xocutla», «Tlanípatl», «Atmolonga», «Lleyiatl», etc.

No quisieron regresar a dar la buena nueva a la gente de su tribu sin antes explorar el cerro que se encuentra al norte del lugar mencionado, al cual ascendieron trabajosamente; desde su cumbre se extasiaron con el espléndido panorama que se ofreció ante su vista, en el horizonte se descotaban a enorme distancia montañas cubiertas de nieve, era el «Trinantécatl» (Nevado de Toluca) al norte, así como el «Ixtaccináhuatl» y el «Popocatépetl» al noreste, y volviendo la vista hacia el sur sobresalía de la cordillera del «Teotepec» (Cerro de Dios), montaña más alta de la región, desde cuya cima se contempla la majestad del Océano Pacifico.

Absortos como estaban, los exploradores no se dieron cuenta de que el día había terminado y las sombras de la noche no tardaron en envolverlo todo. En la misma cumbre de la montaña y en una pequeña planicie que la leyenda ha llenada de embrujo y misterio, junto a un verde, tupido y verde ocotal, se dispusieron hacer fuego y a calmar el hambre con el agotado «itacate» que aún les quedaba. En su recorrido por la montaña, uno de los indios llamado Huellitlácatl encontró en una roca un huevo y como lo que acabara de comer fuera insuficiente para calmar su hambre, se acordó de su hallazgo y sacándolo de su tanate, devoró más que comió aquel huevo fatal que, dicho sea de paso, les había servido para designar la montaña en que se encontraban con el nombre de «Totoltepec» (Cerro del Huevo), no valiendo la reconvenciones de su compañero de viaje para que desistiera de la intención de comerse el huevo mencionado.

Llenos de optimismo, se echaron sobre el suelo esperando separar por medio del sueño el cansancio físico y pensando con alegría que la peregrinación de su tribu había terminado, ya que habían encontrado el lugar ideal para establecerse y echar los cimientos de su futura propiedad. Con estos hermosos pensamientos se durmió el acompañante de Huellitlácatl, mientras que este, sin poder conciliar el sueño, sintió su cuerpo preso de un terrible escozor y ya al amanecer despertó a su compañero, comunicándole el malestar que le aquejaba, notando ambos con espanto que el cuerpo de Huellitlácatl estaba lleno de ronchas y que la irritación era tal que provocaba en el enfermo una especie de fiebre. Ante síntomas tan alarmantes, determinaron que Ixquitotzin (tal era el nombre del acompañante de Huellitlácatl) fuera a dar parte a los hombres de la tribu, tanto de lo que a este sucedía como del resultado de la comisión que se les había conferido, pues el enfermo manifestó a su acompañante de que le era imposible regresar por sí solo.

A los dos días regresó Ixquitotzin, acompañado de una gran cantidad de indios de ambos sexos, atraídos por la descripción que este les hizo del lugar descubierto, como de lo que sucedía a su compañero. De esta forma, acudieron al lugar indicado, encontrando horrorizados a Huellitlácatl convertido en un monstruo, pues lo que en un principio habían sido ronchas, tenían ya la forma de pequeña escamas; la cara se había deformado a tal grado que difícilmente se podía identificar al apuesto y pujante Huellitlácatl, ejemplo y orgullo de los guerreros de la tribu; las extremidades inferiores paralizadas y tensas parecían estar a punto de unirse y los brazos ligeramente flexionados tomando ya la forma de aleta.

Empezó el hombre monstruo, pero no había perdido la facultad de hablar, por lo que los circunstantes, con el terror pintado en sus caras de bronce, pudieron escuchar atónitos y consternados la voz ronca, fatigada y espantosa de Huellitlácatl que decía: «Hermanos míos muy queridos, si hubiera escuchando las prudentes palabras de Ixquitotzin no me encontraría en estas condiciones, pero ya no hay remedio. Que sea el hermoso lugar que hemos descubierto el asiento definitivo de nuestra tribu y yo les aseguro que en él encontrarán nuestros hijos la prosperidad que en vano hemos buscado por doquiera».

Y cuenta la leyenda que los familiares de Huellitlácatl, dominados por el terror, permanecieron por algunos días cerca del monstruo, que convertido en alada serpiente les indicaba que se retiraran, pues sentía incontenibles deseos de devorarlos y ante la negativa de la tribu de que se le permitiera establecerse en el vecino punto de Ixtlahuaca como eran sus deseos, alzó el vuelo en dirección al punto de «Yoguala» (hoy Iguala) donde fue a habitar en una laguna inmediata llamada «Tuxpan».

CRÉDITOS: Versión tomada del periódico «La voz de la montaña». Estudio presentado por el Prof. Tomás Arcos Carrera.
Mecanografista: Ma. de los Ángeles Melchor Dávalos.

martes, 31 de marzo de 2015

Invitación


Con gran alegría les comparto, a punto de cumplir uno de mis más grandes propósitos en la vida. Están cordialmente invitados.


jueves, 19 de marzo de 2015

Ronald Dworkin



Por Luis Dircio (UNAM)

El pasado mes de agosto salió a la venta el último libro de Ronald Dworkin traducido al español: Justicia para erizos, considerada como una de las obras más ambiciosas de este jurista norteamericano, fallecido apenas en el año 2013. La aparición de este texto en español viene a reforzar la cada vez más fuerte influencia de este autor en la tradición romano-germánica del derecho, a la que pertenecemos. Sin embargo, para importantes sectores del pensamiento jurídico en México, el pensamiento de Dworkin resulta todavía extraño o incluso desconocido. Para tratar de aclarar el panorama en torno a este icono de la teoría del derecho contemporánea, a continuación me propongo hacer una breve presentación de su pensamiento, con la esperanza de dispar algunas dudas al respecto y, lo más importante, promover su lectura.
En primer lugar me centraré en aquella parte de su pensamiento que tiene importantes repercusiones para nuestra tradición jurídica, esto es, su crítica al positivismo como la explicación más adecuada de la naturaleza del derecho; esta crítica data sus primeros trabajos académicos en la década de los 60’s y se extiende hasta mediados de la década de los 80´s. En segundo lugar me referiré a su propuesta de concebir al derecho como un concepto interpretativo, que corresponde a la madurez de su pensamiento y se ubica hacia finales del siglo XX.
El ataque de Dworkin al positivismo jurídico tiene como principal blanco de crítica la versión de H. L. A. Hart, para quien el derecho consiste solo en reglas jurídicas. De acuerdo a Hart, no se requieren criterios externos al derecho mismo para dar cuenta de su naturaleza, pues si observamos con detenimiento veremos cómo en realidad el derecho es una combinación de reglas jurídicas primarias (las que prescriben conductas) y reglas jurídicas secundarias (las que nos ayudan a identificar qué reglas forman parte del sistema jurídico y cuáles no).  Hart no dejó de admitir, sin embargo, la existencia de casos difíciles, en los cuales no está del todo claro para los jueces qué reglas jurídicas utilizar, de manera que para estos casos excepcionales se debe aplicar –concluía– la discrecionalidad judicial de manera subjetiva.
Basado en la hipótesis de los casos difíciles, Dworkin realiza una crítica devastadora del positivismo jurídico, tomando los casos difíciles de acontecimientos reales de la tradición jurídica. Su objetivo es mostrar que una explicación satisfactoria del funcionamiento del derecho no se ajusta a los criterios defendidos por el positivismo. Uno de esos casos traídos a colación por Dworkin fue decidido por un tribunal de Nueva York en 1889, en él se tuvo que decidir si un heredero nombrado en el testamento de su abuelo podía heredar bajo ese testamento, aun cuando él había asesinado a su abuelo para heredarlo. Dworkin da cuenta de cómo de acuerdo a las reglas jurídicas existente en ese momento, la sucesión testamentaria debía actualizarse en favor del heredero; sin embargo, el tribunal decidió que a nadie debía permitírsele obtener provecho de su propio fraude o sacar ventaja de sus propios actos ilícitos, por lo que el homicida no recibió su herencia.
Basado en ese y otros casos, Dworkin demuestra que el derecho no puede reducirse a un mero conjunto de reglas jurídicas, más aún, que frente a casos difíciles los jueces no pueden decidir de manera subjetiva conforme a su discrecionalidad. Después de insistir suficientemente en esto, nuestro autor concluye que el derecho se compone no solo de reglas jurídicas, sino también de principios, políticas públicas y directrices sociales, aspectos que él mismo sugiere denominar de manera convencional “principios”. La razón por la cual en el ejemplo arriba mencionado el tribunal de Nueva York decidió no otorgar la herencia al asesino constituye en realidad un “principio” así entendido.
Llegado a este punto, Dworkin se anticipa a sus críticos advirtiendo que los “principios” no tienen las mismas características que las “reglas jurídicas”, por lo que no se pueden enunciar claramente en una lista, están cambiando constantemente y dependen de consideraciones de tipo moral y político. Las reglas jurídicas se aplican o no se aplican, produciendo o no determinadas consecuencias jurídicas; los principios en cambio no siempre producen las mismas consecuencias jurídicas, aun cuando se apliquen en las mismas condiciones.
Dworkin va más allá, señala que no solo no existe un listado de principios que puedan aplicarse de manera automática siempre que se presenten casos similares, sino que ni siquiera es posible establecer una jerarquía entre ellos, por lo que en ocasiones el principio que se aplicó de manera exitosa en determinada situación, resulta inaplicable en otra, por la razón de que en esta otra las consideraciones morales, políticas y sociales exigen privilegiar una conclusión distinta. En estos casos se dice que los principios entran en colisión entre sí, situación ante la cual los jueces deben hacer un ejercicio de “ponderación de principios”, para determinar en cada caso concreto cuál es el principio que triunfa sobre los demás.
La crítica de Dworkin al positivismo jurídico es en realidad el punto de partida de un proyecto más ambicioso: la concepción del derecho como un ejercicio interpretativo, es decir, la idea de que para entender el derecho no hay que centrarnos en el estudio de su naturaleza, sino más bien en su operación y aplicación a casos concretos. En este orden de ideas, el derecho adquiere sentido cuando los jueces se esfuerzan por decidir los casos a ellos presentados siguiendo un modelo de juez ideal, que Dworkin llama “el juez Hércules”, esto es, aquel juez capaz de encontrar la única solución o respuesta correcta al caso en cuestión.
En el modelo del derecho como concepto interpretativo los jueces y demás operadores judiciales se conciben a sí mismos a la manera de artífices de una obra literaria que se extiende a lo largo del tiempo. El derecho vendría a ser una novela en cadena, en la que a cada operador judicial le corresponde escribir un capítulo, de manera que debe esforzarse por escribirlo del modo que mejor favorezca el sentido y fin de la empresa del derecho, como si fuera una obra literaria en constante escritura.
En los años recientes la noción de “principios” propuesta por Dworkin se ha hecho presente con mayor fuerza en la argumentación de algunas sentencias dictadas por tribunales de alzada, por lo que esta es sin duda la parte más atractiva de su obra para los juristas mexicanos. Por otra parte, la propuesta del derecho como concepto interpretativo goza de popularidad únicamente entre los teóricos del derecho, no así entre los operadores judiciales, a quienes las nociones hermenéuticas implicadas no dejan de resultarles del todo extrañas.
No obstante, en el mundo contemporáneo, en el que las fronteras entre las distintas tradiciones jurídicas parecen estar cada vez más difuminadas, considero conveniente la lectura de Dworkin en las escuelas de derecho de nuestro Estado, así como entre los abogados y distintos operadores del derecho guerrerenses, por lo que invito a su lectura, con la esperanza de acceder a las herramientas conceptuales que nos permitan mejorar nuestro sistema de impartición de justicia.