lunes, 20 de marzo de 2017

Datos biográficos del General Heliodoro Castillo



El pasado juves, 16 de marzo del año en curso, se cumplieron 100 años de la muerte del General Heliodoro Castillo. A manera de tributo por este Centenario Luctuoso, ofrezco los siguientes datos biográficos, con la esperanza de que sean de utilidad para fortalecer el sentido de identidad y la memoria histórica de los habitantes de este municipio, que lleva el nombre de este héroe de la Revolución Mexicana:

3 de julio de 1887, nacimiento de Heliodoro Castillo Castro en Tlacotepec, siendo sus padres Lucio Castillo Alarcón (cuyo padre era originario de Toluca y su madre de Chilpancingo) y María Sóstenes Castro Aguilar (cuyos padres eran a su vez de Tixtla).

Estudió hasta cuarto año de primaria en Tlacotepec.

Entre sus hermanos mayores se cuentan Pascual y Zeferino; entre los menores: Mateo y Samuel. Sus hermanas: Abelina, Salutina, Amalia, Ernestina, Catalina y Juanita. Tuvo 2 hijos: Guadalupe y Felipe Castillo Mercado.

Los indicios históricos indican que no pertenecía a una familia muy pobre, ya que su padre tenía varias propiedades y, además de la agricultura, se dedicaban a la crianza y compraventa de ganado vacuno.

Es común denominador que los líderes revolucionarios fueran (previo a su participación en el levantamiento armado) grandes conocedores de los caminos y la región en donde tuvieron su zona de influencia. Heliodoro Castillo no fue la excepción, en los relatos de las campañas armadas en que participó, aparece con frecuencia su talento de estratega, acompañado de su conocimiento de los caminos y atajos para llegar de un punto geográfico a otro (una capacidad que también se advierte en las incursiones del Cura Morelos en Tlacotepec)

También hay indicios de que conoció a Jesús H. Salgado antes de su primer levantamiento armado en Tlacotepec, seguramente a través de sus parientes, entre quienes ocupa un lugar importante Moisés Castillo Reyna.

A principios de 1912 Moisés Castillo Reyna se levanta en armas en Tlacotepec, en apoyo al Plan de San Luis, junto con sus hermanos, primos y algunos sobrinos (entre quienes figura Heliodoro Castillo). Con una acción simbólica que consistió en desarmar a los oficiales de seguridad leales al gobierno de Porfirio Díaz (que en Tlacotepec estaban bajo las órdenes de Macario Pineda).

Se trasladaron hacia el sur del municipio, en concreto a Yextla (pasando por La Reforma, Huerta Vieja y Corral de Piedra) con la finalidad de reclutar gente para la causa de Francisco I. Madero. Todo parece indicar que Moisés no tenía el talento militar de Heliodoro, por lo que fue aprehendido en esa su primera expedición en Yextla; el único que se salvó fue Heliodoro.

El 4 de octubre de 1912 un grupo de jóvenes se levanta en armas en Huerta Vieja, tomando la misma ruta que meses antes había tomado la tropa de Moisés Castillo, aunque con más éxito. Un día después se reúnen en La Yerbabuena (en las inmediaciones de La Ciénega) con Heliodoro Castillo, que durante esos meses había estado escondido y recuperándose de sus heridas con un tío en La Escalera (todo esto al oriente del municipio). En la Yerbabuena lo eligen su jefe y se dirigen a Chapultepec y Tlacotepec.

Entre finales de 1912 y principios de 1913 siguen recorriendo los pueblos del oriente del municipio, y establecen como sus bastiones militares las localidades de El Amate, Las Vinatas y El Limoncillo.

En 1913 dan un golpe decisivo en Tlacotepec, pues dan muerte a Macario Pineda (jefe militar del lugar) en un ataque desde dos frentes: El Periconal y el panteón municipal; ya que Macario Pineda se resguardaba en lo que actualmente es el atrio de la iglesia de Santiago Apóstol.

En este año se adhieren al Plan de Ayala y adoptan el zapatismo, por lo que con esta bandera se dirigen a Xochipala y Chichihualco, plazas que no logran tomar en su primera expedición.

En esta época amplían su actividad hacia lo que conocemos como la zona del Río (Río Balsas), particularmente en Tetela y Acatlán del Río; en este último lugar desarman a una personaje conocido como El Pescado, que era el jefe del zapatismo en Acatlán (repudiado por su conducta reprobable).

Para este momento ya había muerto Francisco I. Madero, por lo que su lucha estaba dirigida en contra de las fuerzas militares leales a Victoriano Huerta.

En estos meses Heliodoro Castillo recibe su nombramiento como Coronel y posteriormente como General. Toma Chichihualco y Heliodoro Castillo entabla relaciones con el General Julián Blanco (quien lo invita a expediciones revolucionarias en la Costa Grande del Estado)

Regresan a Tlacotepec y emprenden una campaña en el poniente del Municipio, particularmente las localidades de Coronilla, Nanzintla y La Laguna de Huayanalco (actualmente del Municipio de San Miguel Totolapan), Puerto Castro y los Ciruelos (de nuestro municipio). Después de esto se dirigen a Teloloapan, en donde Heliodoro Castillo queda como encargado de dicha plaza. Aquí es donde recibe la noticia de la injusta muerte de su hermano menor Samuel y se da el caso que Heliodoro Castillo deja en libertad a los prisioneros de guerra que tenía en Teloloapan (en lugar de fusilarlos como se esperaba).

En 1914 concurre a la toma definitiva de Chilpancingo, Iguala y Buenavista de Cuéllar, con lo que se da el comienzo del dominio pleno del zapatismo en el Estado de Guerrero. Se reúne la Junta Revolucionaria en Tixtla, presidida por Emiliano Zapata y se nombra como gobernador a Jesús H. Salgado, y a Heliodoro Castillo como General de División, con lo que se convierte en uno de los hombres más importantes del zapatismo en el Estado de Guerrero.

Entre agosto y octubre de 1914 Jesús H. Salgado se ausenta de sus funciones y asume de manera temporal el cargo de gobernador del Estado Heliodoro Castillo (quien es recordado en este tiempo por mejorar la infraestructura educativa en Xochipala, Chichihualco y Tlacotepec, principalmente).

En 1915 Heliodoro Castillo es designado por la Junta Revolucionaria en el Estado de Guerrero para desempeñar la comisión de acudir ante el Presidente de México, Eulalio Gutiérrez, con la finalidad de realizar diversas gestiones en favor del zapatismo en Guerrero.

Durante su estancia en la Ciudad de México se entrevista en 2 ocasiones con el Presidente de la República y logra diversos apoyos para fortalecer la lucha armada en nuestro Estado. Además traba amistad con oficiales de la División del Norte, quienes hacen de su conocimiento que el General Pancho Villa había escuchado de sus hazañas, por lo que admiraba el valor e inteligencia militar de Heliodoro Castillo.

A su regreso, después de acudir a un desayuno en la Ciudad de Iguala, en casa de unas amigas de apellido García, Heliodoro Castillo accede a tomarse el único retrato que conocemos de él, en el que aparece de pie, con pistola enfundada y recargado en su espada clavado en el piso. Se trata de su único retrato porque, a diferencia de Pancho Villa, no le gustaba ser fotografiado por la desconfianza de que su imagen apareciera en los periódicos de la época.

La alianza de Emiliano Zapata y Pancho Villa en contra de Venustiano Carranza condujo a una fuerte enemistad entre zapatistas y carrancista en el Estado de Guerrero. Desde 1915 Heliodoro Castillo enfrenta tropas afines a Venustiano Carranza, en batallas que se dan principalmente en el centro del Estado de Guerrero; dichas tropas era comandadas principalmente por Silvestre Mariscal y Julián Blanco (que se había vuelto carrancista).

En 1917, un 16 de marzo, precisamente combatiendo contra las tropas de Venustiano Carranza en Zumpango del Río, Heliodoro Castillo y su escolta son atacados de manera sorpresiva e inesperada, quedando prensado por el peso de su caballo que había sido derribado, por lo cual al verse rodeado, se pega un disparo en la boca.

Al siguiente día fue sepultado con honores en el panteón de Chilpancingo, en donde actualmente reposan sus restos, en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

El 09 de diciembre de 1947, El gobernador Baltazar R. Leyva Mancilla decreta el cambio del nombre del Municipio de «Tlacotepec» a «General Heliodoro Castillo». Por lo que en el mes de diciembre de este año nuestro municipio cumplirá 70 años de llevar el nombre que actualmente tiene.

martes, 1 de diciembre de 2015

LEYENDA FUNDACIONAL DE TLACOTEPEC


Cuenta la leyenda que la tribu «tepehua» llegó del norte peregrinando desde remotos lugares y después de permanecer durante algún tiempo en un lugar llamado «Tepehuanes» del Estado de Durango, llegó a Tixtlancingo en la costa de lo que hoy es el Estado de Guerrero, de donde se dirigieron a la región montañosa que actualmente forma el Municipio de General Heliodoro Castillo, haciendo escalas en lo que hoy es Pueblo Viejo e inmediaciones Jaleaca y Tlacotepec el Viejo (actualmente El Naranjo).

Como en el lugar en el que se encontraban escaseaba el agua, decidieron explorar hacia el norte, comisionando a dos de sus mejores hombres para explorarlo, los cuales salieron y encontraron un pequeño valle rodeado de verdes encinales, el cual designaron con el nombre de «Ixtlahuaca» y descendiendo por un arroyuelo que serpentea hacia el oriente, llegaron a un lugar más espacioso circundado de rocas y montañas; el agua que tan escasa era en el lugar donde se encontraba la tribu, brotaba allí abundante y cristalina de más de media docena de manantiales, que los indios descubrieron maravillados designándolos a medida que los iban encontrando, con los nombres de «Cupengo», «Popotzonitziatl», «Xocutla», «Tlanípatl», «Atmolonga», «Lleyiatl», etc.

No quisieron regresar a dar la buena nueva a la gente de su tribu sin antes explorar el cerro que se encuentra al norte del lugar mencionado, al cual ascendieron trabajosamente; desde su cumbre se extasiaron con el espléndido panorama que se ofreció ante su vista, en el horizonte se descotaban a enorme distancia montañas cubiertas de nieve, era el «Trinantécatl» (Nevado de Toluca) al norte, así como el «Ixtaccináhuatl» y el «Popocatépetl» al noreste, y volviendo la vista hacia el sur sobresalía de la cordillera del «Teotepec» (Cerro de Dios), montaña más alta de la región, desde cuya cima se contempla la majestad del Océano Pacifico.

Absortos como estaban, los exploradores no se dieron cuenta de que el día había terminado y las sombras de la noche no tardaron en envolverlo todo. En la misma cumbre de la montaña y en una pequeña planicie que la leyenda ha llenada de embrujo y misterio, junto a un verde, tupido y verde ocotal, se dispusieron hacer fuego y a calmar el hambre con el agotado «itacate» que aún les quedaba. En su recorrido por la montaña, uno de los indios llamado Huellitlácatl encontró en una roca un huevo y como lo que acabara de comer fuera insuficiente para calmar su hambre, se acordó de su hallazgo y sacándolo de su tanate, devoró más que comió aquel huevo fatal que, dicho sea de paso, les había servido para designar la montaña en que se encontraban con el nombre de «Totoltepec» (Cerro del Huevo), no valiendo la reconvenciones de su compañero de viaje para que desistiera de la intención de comerse el huevo mencionado.

Llenos de optimismo, se echaron sobre el suelo esperando separar por medio del sueño el cansancio físico y pensando con alegría que la peregrinación de su tribu había terminado, ya que habían encontrado el lugar ideal para establecerse y echar los cimientos de su futura propiedad. Con estos hermosos pensamientos se durmió el acompañante de Huellitlácatl, mientras que este, sin poder conciliar el sueño, sintió su cuerpo preso de un terrible escozor y ya al amanecer despertó a su compañero, comunicándole el malestar que le aquejaba, notando ambos con espanto que el cuerpo de Huellitlácatl estaba lleno de ronchas y que la irritación era tal que provocaba en el enfermo una especie de fiebre. Ante síntomas tan alarmantes, determinaron que Ixquitotzin (tal era el nombre del acompañante de Huellitlácatl) fuera a dar parte a los hombres de la tribu, tanto de lo que a este sucedía como del resultado de la comisión que se les había conferido, pues el enfermo manifestó a su acompañante de que le era imposible regresar por sí solo.

A los dos días regresó Ixquitotzin, acompañado de una gran cantidad de indios de ambos sexos, atraídos por la descripción que este les hizo del lugar descubierto, como de lo que sucedía a su compañero. De esta forma, acudieron al lugar indicado, encontrando horrorizados a Huellitlácatl convertido en un monstruo, pues lo que en un principio habían sido ronchas, tenían ya la forma de pequeña escamas; la cara se había deformado a tal grado que difícilmente se podía identificar al apuesto y pujante Huellitlácatl, ejemplo y orgullo de los guerreros de la tribu; las extremidades inferiores paralizadas y tensas parecían estar a punto de unirse y los brazos ligeramente flexionados tomando ya la forma de aleta.

Empezó el hombre monstruo, pero no había perdido la facultad de hablar, por lo que los circunstantes, con el terror pintado en sus caras de bronce, pudieron escuchar atónitos y consternados la voz ronca, fatigada y espantosa de Huellitlácatl que decía: «Hermanos míos muy queridos, si hubiera escuchando las prudentes palabras de Ixquitotzin no me encontraría en estas condiciones, pero ya no hay remedio. Que sea el hermoso lugar que hemos descubierto el asiento definitivo de nuestra tribu y yo les aseguro que en él encontrarán nuestros hijos la prosperidad que en vano hemos buscado por doquiera».

Y cuenta la leyenda que los familiares de Huellitlácatl, dominados por el terror, permanecieron por algunos días cerca del monstruo, que convertido en alada serpiente les indicaba que se retiraran, pues sentía incontenibles deseos de devorarlos y ante la negativa de la tribu de que se le permitiera establecerse en el vecino punto de Ixtlahuaca como eran sus deseos, alzó el vuelo en dirección al punto de «Yoguala» (hoy Iguala) donde fue a habitar en una laguna inmediata llamada «Tuxpan».

CRÉDITOS: Versión tomada del periódico «La voz de la montaña». Estudio presentado por el Prof. Tomás Arcos Carrera.
Mecanografista: Ma. de los Ángeles Melchor Dávalos.

martes, 31 de marzo de 2015

Invitación


Con gran alegría les comparto, a punto de cumplir uno de mis más grandes propósitos en la vida. Están cordialmente invitados.


jueves, 19 de marzo de 2015

Ronald Dworkin



Por Luis Dircio (UNAM)

El pasado mes de agosto salió a la venta el último libro de Ronald Dworkin traducido al español: Justicia para erizos, considerada como una de las obras más ambiciosas de este jurista norteamericano, fallecido apenas en el año 2013. La aparición de este texto en español viene a reforzar la cada vez más fuerte influencia de este autor en la tradición romano-germánica del derecho, a la que pertenecemos. Sin embargo, para importantes sectores del pensamiento jurídico en México, el pensamiento de Dworkin resulta todavía extraño o incluso desconocido. Para tratar de aclarar el panorama en torno a este icono de la teoría del derecho contemporánea, a continuación me propongo hacer una breve presentación de su pensamiento, con la esperanza de dispar algunas dudas al respecto y, lo más importante, promover su lectura.
En primer lugar me centraré en aquella parte de su pensamiento que tiene importantes repercusiones para nuestra tradición jurídica, esto es, su crítica al positivismo como la explicación más adecuada de la naturaleza del derecho; esta crítica data sus primeros trabajos académicos en la década de los 60’s y se extiende hasta mediados de la década de los 80´s. En segundo lugar me referiré a su propuesta de concebir al derecho como un concepto interpretativo, que corresponde a la madurez de su pensamiento y se ubica hacia finales del siglo XX.
El ataque de Dworkin al positivismo jurídico tiene como principal blanco de crítica la versión de H. L. A. Hart, para quien el derecho consiste solo en reglas jurídicas. De acuerdo a Hart, no se requieren criterios externos al derecho mismo para dar cuenta de su naturaleza, pues si observamos con detenimiento veremos cómo en realidad el derecho es una combinación de reglas jurídicas primarias (las que prescriben conductas) y reglas jurídicas secundarias (las que nos ayudan a identificar qué reglas forman parte del sistema jurídico y cuáles no).  Hart no dejó de admitir, sin embargo, la existencia de casos difíciles, en los cuales no está del todo claro para los jueces qué reglas jurídicas utilizar, de manera que para estos casos excepcionales se debe aplicar –concluía– la discrecionalidad judicial de manera subjetiva.
Basado en la hipótesis de los casos difíciles, Dworkin realiza una crítica devastadora del positivismo jurídico, tomando los casos difíciles de acontecimientos reales de la tradición jurídica. Su objetivo es mostrar que una explicación satisfactoria del funcionamiento del derecho no se ajusta a los criterios defendidos por el positivismo. Uno de esos casos traídos a colación por Dworkin fue decidido por un tribunal de Nueva York en 1889, en él se tuvo que decidir si un heredero nombrado en el testamento de su abuelo podía heredar bajo ese testamento, aun cuando él había asesinado a su abuelo para heredarlo. Dworkin da cuenta de cómo de acuerdo a las reglas jurídicas existente en ese momento, la sucesión testamentaria debía actualizarse en favor del heredero; sin embargo, el tribunal decidió que a nadie debía permitírsele obtener provecho de su propio fraude o sacar ventaja de sus propios actos ilícitos, por lo que el homicida no recibió su herencia.
Basado en ese y otros casos, Dworkin demuestra que el derecho no puede reducirse a un mero conjunto de reglas jurídicas, más aún, que frente a casos difíciles los jueces no pueden decidir de manera subjetiva conforme a su discrecionalidad. Después de insistir suficientemente en esto, nuestro autor concluye que el derecho se compone no solo de reglas jurídicas, sino también de principios, políticas públicas y directrices sociales, aspectos que él mismo sugiere denominar de manera convencional “principios”. La razón por la cual en el ejemplo arriba mencionado el tribunal de Nueva York decidió no otorgar la herencia al asesino constituye en realidad un “principio” así entendido.
Llegado a este punto, Dworkin se anticipa a sus críticos advirtiendo que los “principios” no tienen las mismas características que las “reglas jurídicas”, por lo que no se pueden enunciar claramente en una lista, están cambiando constantemente y dependen de consideraciones de tipo moral y político. Las reglas jurídicas se aplican o no se aplican, produciendo o no determinadas consecuencias jurídicas; los principios en cambio no siempre producen las mismas consecuencias jurídicas, aun cuando se apliquen en las mismas condiciones.
Dworkin va más allá, señala que no solo no existe un listado de principios que puedan aplicarse de manera automática siempre que se presenten casos similares, sino que ni siquiera es posible establecer una jerarquía entre ellos, por lo que en ocasiones el principio que se aplicó de manera exitosa en determinada situación, resulta inaplicable en otra, por la razón de que en esta otra las consideraciones morales, políticas y sociales exigen privilegiar una conclusión distinta. En estos casos se dice que los principios entran en colisión entre sí, situación ante la cual los jueces deben hacer un ejercicio de “ponderación de principios”, para determinar en cada caso concreto cuál es el principio que triunfa sobre los demás.
La crítica de Dworkin al positivismo jurídico es en realidad el punto de partida de un proyecto más ambicioso: la concepción del derecho como un ejercicio interpretativo, es decir, la idea de que para entender el derecho no hay que centrarnos en el estudio de su naturaleza, sino más bien en su operación y aplicación a casos concretos. En este orden de ideas, el derecho adquiere sentido cuando los jueces se esfuerzan por decidir los casos a ellos presentados siguiendo un modelo de juez ideal, que Dworkin llama “el juez Hércules”, esto es, aquel juez capaz de encontrar la única solución o respuesta correcta al caso en cuestión.
En el modelo del derecho como concepto interpretativo los jueces y demás operadores judiciales se conciben a sí mismos a la manera de artífices de una obra literaria que se extiende a lo largo del tiempo. El derecho vendría a ser una novela en cadena, en la que a cada operador judicial le corresponde escribir un capítulo, de manera que debe esforzarse por escribirlo del modo que mejor favorezca el sentido y fin de la empresa del derecho, como si fuera una obra literaria en constante escritura.
En los años recientes la noción de “principios” propuesta por Dworkin se ha hecho presente con mayor fuerza en la argumentación de algunas sentencias dictadas por tribunales de alzada, por lo que esta es sin duda la parte más atractiva de su obra para los juristas mexicanos. Por otra parte, la propuesta del derecho como concepto interpretativo goza de popularidad únicamente entre los teóricos del derecho, no así entre los operadores judiciales, a quienes las nociones hermenéuticas implicadas no dejan de resultarles del todo extrañas.
No obstante, en el mundo contemporáneo, en el que las fronteras entre las distintas tradiciones jurídicas parecen estar cada vez más difuminadas, considero conveniente la lectura de Dworkin en las escuelas de derecho de nuestro Estado, así como entre los abogados y distintos operadores del derecho guerrerenses, por lo que invito a su lectura, con la esperanza de acceder a las herramientas conceptuales que nos permitan mejorar nuestro sistema de impartición de justicia.

lunes, 3 de marzo de 2014

La cancha «Águilas del Sur»


Hace pocos días se llevó a cabo nuestro tradicional torneo regional de básquetbol en la cancha «Águilas del Sur»; no obstante la notable falta de organización por parte de la actual administración municipal, me pareció un gran acierto que dicho evento se realizara precisamente en estas instalaciones deportivas, por todo lo que este sitio representa para la identidad cultural de Tlacotepec.

Dentro de 3 años esta cancha cumplirá medio siglo de haber sido inaugurada, precisamente con un torneo regional o «quintas» (según la expresión acostumbrada en la década de los 60´s).

La denominación «Águilas del Sur» se debe al nombre del equipo de básquetbol representativo de Tlacotepec en las décadas de 1950 y 1960. En los años 50´s el básquetbol se practicaba en el terreno que actualmente ocupa la Escuela Primaria Justo Sierra. Este mismo terreno se utilizaba para realizar todo tipo de eventos populares, culturales y deportivos.

A principios de los 60´s los integrantes del equipo «Águilas del Sur» y algunos otros ciudadanos entusiastas del básquetbol coordinaron esfuerzos para adquirir el terreno que actualmente ocupa la cancha. Según documentos oficiales, el monto de la compraventa fue de $3,500.00 pesos.

Para realizar dicha operación se conformó el Club Deportivo «Águilas del Sur», integrado, entre otras personas, por los señores Efraín Hurtado Romero, Filemón Dircio Germán, Pedro Brito Reyna, J. Trinidad Giles Carbajal, Roberto Torres López, Salomón Valadez, José López González, Olivo Torres González, Vicente Torres R., Noé Lagunas, Guillermo Rodríguez, Otoniel Mercado, Ezequiel López, Urbano Torres, Teodoro Nava, Leandro González, Gilberto Téllez, Sergio Martínez, Jesús Torres García, Enrique Lagunas, Alfredo Giles, Felipe Torres, J. Natividad Mares, Daniel González, Carmelo Giles, Jesús López, Francisco Martínez, Jacobo Torres, Régulo González, Lucino Mancilla, Agustín González, entre otros.

La cancha «Águilas del Sur» es un legado histórico y cultural de todas estas personas y otras más (cuyos nombres omito por ignorancia). Tanto para los pocos que aún se mantienen entre nosotros, como para los que se nos adelantaron en el camino, vaya nuestra admiración y agradecimiento.

En la fotografía que se muestra a continuación aparece el auténtico equipo «Águilas del Sur», con un águila bordada a mano al frente de sus uniformes.



Luis DIRCIO.